Sevilla

Han pasado cuarenta y tantos años desde que aquel jovenzuelo solía proclamarse ciudadano del mundo. A finales de los ochenta, inspirado por las lecturas orientalistas que caían en sus manos, renegaba del lugar que le vio nacer. El gran dictador con su paso corto renqueaba por fin hacia las catacumbas de granito, para dejar el país como un lugar de esperanza renovada y recién nacida pureza. Un viento de insurrección soplaba en el ayuntamiento. Verde sobre blanco ondeaba la bandera, junto a la del país y junto a la otra: la de Sevilla.

Hay una frágil etapa de la adolescencia en la que no se acepta la más mínima incongruencia. El rapacejo abominaba de sus raíces, atribuyendo a la frivolidad sevillana su mala adaptación al mundo de los adultos.

Encontró refugio en libros de viaje, los cuales sirvieron para atisbar algo sobre quién era: un imberbe viajero que aún no había salido ni arribado de nuevo a su tierra. Mientras, Sevilla cegadora, en su esplendor de cada hora del dia, le abría el cauce del Guadalquivir como una invitación aventurera. La orilla del rio moteada de jóvenes y sus risas cercanas que le raptaban de la mano a las casas patio de Triana y aquellas siestas fragantes. Los paisajes de la dársena con olor a pescado en adobo, se anotaban en sus células rebeldes de identidad. Cuando por fin abandonó Sevilla, ésta ya estaba escrita.

Definió a la esencia de su ciudad como surrealista. El duende sevillano sobrevenía mientras se encontraba con los locos de Sevilla. Ese desvarío, situado en puntos sensibles del Barrio de Santa Cruz, Triana o la calle San Luís, hacía migas con las historias de Buñuel. Unos pocos locos y una generalizada pero discreta demencia era lo que deambulaba por las calles. Todos, locos amables de esos con los que te acabas encariñando. Carmelita la guitarrista, cantaba desgañitada y desafinada como su misma guitarra cuyas cuerdas parecían alambres de cambiar plomillos. La aporreaba hasta hacerse sangre por los dedos, con tal de no desangrar todas las pérdidas de su vida. Cantaba a los guiris de las terrazas, con mesas repletas de chocos y ensaladilla rusa. Su pase de cante duraba escasos segundos, lo suficiente para no pasar de anécdota jocosa y tierna, aflojar el bolsillo ajeno y no incomodar al extranjero. El tiempo lo llevaba incorporado en su reloj interno.

El chiste no se enunciaba: simplemente era. Y eso dice suficiente de aquella Sevilla. El inconsciente del pueblo rebosaba por cualquier resquicio fluyendo debajo de toda certeza. Hasta los pistilos del jazmín proyectaban lo no sabido por la gente. Aquellos locos, ya sabemos, guardaban una querencia entrañable. Esas criaturas generaban ese clima íntimo y extraño que los psiquiatras reconocen como un ambiente envolvente que te atrapa y te lleva sin nadie saber nada a compartir su psicopatía hacia plazas de poemas desparramados por los bancos de azulejos, hacia pájaros que te cuentan un secreto. La recitación a golpe de fandango murmuraba en las tardes solariegas tanto como el rumor de las aguas.

Y después venía el gracejo, no sólo de los lunáticos, también de los que procedían del pueblo llano. Aparecían con una vestidura fantasmática grácil y alegre.

La locura surrealista y la gracia sevillana, como si la balanza del destino no pudiera descansar en su intento de compensar la indescriptible belleza o, simplemente, la llegada del mes de abril.

El momento más crítico entre Semana Santa y Feria. De la muerte y resurrección del espíritu hacia la emergencia de la carne. En menos de un mes, Sevilla te cogía el corazón, lo tiraba sobre la tabla de cortar y con un cuchillo tamaño machete lo descuartizaba. En la carnicería podría entrar todo el sol del mundo al son de sevillanas marismeñas, pero el corazón se descuartiza como se corta un kilo de añejo. De fondo el jolgorio de la compra de las maris en la plaza.

Es sábado de resurrección y los pies primaverales le llevaban a la placita de Santa Marta donde se congregaron todos sus amores antiguos y los por venir. Allí, besaba a todas las muchachas del mundo y se quedaron sentadas a los pies de la cruz como Marías Magdalenas que aprenderían a ser madres. La Virgen María gobierna Sevilla. Y los sevillanos comen y ríen criándose como niños de esa madre incondicional. Parecen hacerse hombres y se mueven con el talle donoso, abalorios para montar en coche de caballo, torería y desplante, sin perder jamás la condición de hijo caído. Caminan como si fuesen a caer de bruces en la canaleta de un escote, como quien tropieza borracho en una calle estrecha. Así suceden las cosas y no es frivolidad, si digo que hay una relación extravagante, casi enfermiza, entre el sevillano y la Virgen. Por lo demás, necesaria para la supervivencia en un lugar donde el sol tiene ese color que todos dicen.

Así las cosas, si cristo resucita en Sevilla significa que ya huele a feria. Literal. La embriaguez cenestésica de visualizar azulejos mozárabes mientras los azahares hacen su siembra en la pituitaria provoca un entrecruzamiento de personajes que solo Sevilla soporta. Si el Santo Entierro vuelve a la iglesia madre, por la puerta de sacristía se abre otra que conduce al callejón de la Maestranza. Por la puerta de acceso de cuadrillas se forma un revuelo de mujeres, idolatría y perfumes de coyunda. Llega por fin la esperada furgoneta del torero, acompañada de murmullos expectantes. El diestro asoma la pierna de oro y poniendo las manoletillas sobre los adoquines aún encerados de Semana Santa, no tardan los hombres en proclamar al maestro alguna misiva – siempre chistosa- y las mujeres, a punto de reventar, callan algo que quisieron decir. Sevilla, en abril, puede reventar por cualquier sitio.

Ah, me rio de mí. – ¡Ciudadano del mundo! Claudico del autoengaño. Por haber viajado ¡repitiéndome hasta la saciedad que no era sevillano! El cordón desde el ombligo me lleva hasta la fuente de las abluciones del patio de los naranjos. Allí espera Manolo el jubilado, que se gana unos cuartos engatusando guiris contando historias moras a la sombra de la Giralda. Al final les endosa una estampita de la Macarena. No tenemos arreglo.

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