Algoritmo médico

Asistimos a la desaparición de la Medicina, al menos tal y como la conocimos a lo largo del siglo XX. De esto—aún mostrando reticencias— por fin se han dado cuenta algunos médicos. Cuesta desvestirse de la vocación cuando ésta, como suele sucederle al médico, conforma su propia epidermis. Más aún si el nudo que impedía visualizar la nitidez del derrumbe, ha sido anudado por él mismo.

Hace unos veinte años, algunos iniciaron la entrega de la autoridad científica conferida por la licenciatura. Dieron una vuelta de tuerca al modelo democrático de relación médico-paciente—aquel que desbancó al modelo paternalista, que le precedió—. Y comenzó a normalizarse la puerilidad de la relación on-line, el paciente accedía al medico por redes sociales, mientras en otra ventana del navegador el paciente bicheaba—así dicen— una segunda opinión según el doctor Google.

No sabía el médico qué se le venía encima. Tanto él como los pacientes estaban asistiendo—y contribuyendo—a un cambio civilizatorio de carácter extraordianario, con su paralela transición en Medicina. Pacientes y médicos, pertenecientes a la misma época, como niños felices que juegan en la habitación contigua al funeral, reparten los roles del juego en medio de las ruinas de la antigua civilización. El titán civilizatorio de la nueva reconstrucción lleva décadas moldeando los moldes psíquicos y sociales. La Medicina que viene será sin Médico —sí, con mayúsculas— y con un paciente individuo—sí: no sujeto—dotado de un imaginario virtual en el que la muerte no cabe como posibilidad.

Como el poder del nuevo mundo pivota hacia China, en la vieja Europa el parto para la nueva civilización corre prisa y se hace con fórceps, los de la Agenda 2030. En lo relativo a la sanidad pública, se ha puesto tanto esfuerzo en desarmar el modelo anterior como en dar asiento a la Medicina que viene. Al final del modelo anterior—y lo vimos avecinarse—el médico comenzó a formar parte de una comparsa al servicio de una humanidad de pacientes narcisistas. Sucede cuando un test de antígenos—elemento predictivo— desbanca sin contemplaciones el criterio clínico obtenido por un médico tras diez años de carrera, incluido especialidad, y, pongamos por caso, cinco años de experiencia clínica. La preparación de las masas narcisistas en depositar una confianza absoluta en la ciencia/tecnología trae consigo no soportar la más mínima mácula sintomática que recuerde la imperfección del ser humano o, incluso, esa obviedad que es morirse. Ese aroma a Olimpo suscitado por el invento tecnológico siempre fue un estímulo para el progreso y, por supuesto, leitmotiv para una transición civilizatoria; a la vez de autoengaño por creerse dueño y señor del destino. La nanotecnología, cada dia más cerca de ser introducida bajo las dermis, expresaría el colmo exultante del éxito humano: la creación de un hombre aumentado y la interminable tarea de prevenir la muerte mediante predicciones, cada día más infalibles, de la Inteligencia Artificial (IA). Según algunas tradiciones, la Muerte acompaña desde el nacimiento al ser humano, a unos cinco centímetros por detrás del hombro izquierdo. Cuentan que si tuviésemos la agilidad y rapidez del rayo, un dia nos giraríamos hacia atrás por ese lado, y sorprenderíamos a la muerte en vida. Parece que algunos billonarios de Silicon Valley apuestan por la velocidad cuántica de los nuevos superordenadores y se han obsesionado por ofrecer atractivas ofertas de vacaciones a nuestra querida compañera—en un giro cuántico de cuello—. Una vez más, la espada del avance tecnológico: en realidad tan sólo una afilada hoja desnuda y… desprovista de puño para quien la porte.

El arquetipo del médico —sacerdote, chamán—adoptó en la ya antigua civilización el papel de intercesor entre el cuerpo y las expectativas que señalan el sentido de la vida. Mientras que la IA logra, cada vez con mayor alcance, interceder por el cuerpo; la indagación sobre el sentido de la vida se obstruye. Y eso es debido a que el ser humano sólo puede ser con el otro. Sin la mirada del otro, el ser humano no posee identidad. La única forma de sobrevivir sin identidad es pasarse toda la vida esforzándose por obtenerla—y de veras que no se consigue a base de hacerse selfies—. De ahí que la nueva civilización, en su intento por evitar el estallido de la psicosis en los ciudadanos, provoque en ellos una ilusoria concreción tecnológica del ego.

Ni que decir tiene que los médicos del siglo XX adelantaron su suicidio cuando, sin ocultar signos de arrogancia, derivaron su práctica clínica a la especialización y , con ella, a la hiperespecialización; a terapias bioquímicas de diseño de moléculas encaminadas a producir engranajes microbiológicos, a descartar de forma descarada la realidad psicosomática del sujeto. Hasta la psiquiatría, procuró resarcirse de su papel de especialidad apestada, encontrando una estricta justificación organicista en la enfermedad mental. Así las cosas, el médico no puede ocultar la mano que le delata. Los algoritmos comienzan a pensar como un médico, o mejor, como decenas de miles de médicos a la vez. El nombre de la autoridad médica se escribirá con números y sin rostro. Los pacientes no saben aún qué alto precio pagarán cuando enfermen y no encuentren unos ojos reales que les mire el rostro. A diario, mientras el médico camina a su consulta, se topa con una comitiva fúnebre. No tiene otra opción que sumarse a ella. Sigue el camino de su consulta. Puede que no sepa que acude a su propio entierro.

2 comentarios sobre “Algoritmo médico

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  1. Lucidez extrema.
    ¡Enhorabuena, Alfonso!
    Estamos en la misma onda (¿hertziana, electromagnética, cuántica? Energética, en definitiva. Mientras queden mentes pensantes🤔, plumas expresivas🖋️ y cuerpos sintientes💃🕺 -que logran percibir más allá de los sentidos, con una coordinación e integración a prueba de máquinas 😉- como la/os tuya/os, todavía queda esperanza, para luchar contra el dominio de la cibernética, que suele tener mucho de ciber (robótica/humanoide) y poco de ética (humana).
    👏👏👏👏👏👏👏

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