La muerte del médico

Aquel 1 de diciembre de 2021, estaba escrito, no sería un día cualquiera. Como predijo el doctor, la pandemia finalizaría cuando quedaran bien atados los hilos con los que se manejara el terror. También dijo (hacía nueve meses) que cuando cayera el telón de la gran movilización sanitaria, en el cielo veríamos coches voladores y la publicidad personalizada irrumpiría sin permiso en la retina de cada ciudadano. La bacteria mortífera habría sido, sin duda, la mejor tramoyista del teatro del mundo. Fin de la escena y caída del telón. Amanecen un Nuevo Día y la nueva civilización.

Saludó a la enfermera. En el ambiente de la salita del café se notaba una desazón indeterminada. Una combinación de ingenuidad e incertidumbre atrapaba a todos, celador, enfermeras y médicos, semejante a la que experimentan los niños que aguardan un regalo tras la caída de un diente, prestos a hurgar bajo la almohada y ver qué traería el nuevo día. Los médicos, sobre todo, tres en su servicio incluido él, parecían más circunspectos de lo habitual. Tras la primera reunión, una mezcla de sesión clínica y desayuno, se incorporó para iniciar la jornada. Caminaba hacia su consulta.

Era la primera vez que el doctor emplearía la nueva tecnología. Siempre hay una primera vez, se animaba. Llevaban tres meses en torno a la instalación de todo el sistema, una tecnología por la cual la gerencia se ocupó y preocupó reeducando a todo el personal sanitario. El doctor suponía – en sus reflexiones por el pasillo- que algo semejante debió suceder con los primeros aparatos portátiles de rayos x en el albor del siglo XX. Ver lo no-visible y ahora la predicción digital ofrecían a la situación clínica tintes casi religiosos. El saber del médico se arrinconaba, como un animalito herido que resuelve esconderse en la maleza hasta recuperar las fuerzas. El doctor Juan Salvador, con sesenta años a cuestas, hoy se identificaba a sí mismo como una antigualla tras el vidrio del armario de utensilios médicos, como el que se ve en el Museo de la Academia Médica. En la nueva sala donde se montó el cuerpo del sistema, su antigua sala de exploración, el nuevo altar del big data resplandecía oculto a la misma sala de consulta, que desde hoy era nívea y estratégicamente despersonalizada. Allí, detrás, estaba. Un aparato de imagen escueta, llamado Dr. Date por todos, con la sorna impotente del chiste. En algunos había algo de aceptación resignada.

Entró en su consulta. El nuevo decorado recordaba la antesala del cielo. Blanca. Ni un bolígrafo. Ni un pisapapeles. Ni un cuadro. Una capa nívea inundaba la totalidad de la pieza. Tomó el pasillo lateral que antes de la pandemia comunicaba con la antigua sala de exploración. La camilla había desaparecido. Al menos a nadie le había dado por arrancar el roble que forraba la pared: qué gusto. En el armario acristalado permanecían su estetoscopio y el manómetro -aún. Allí, junto a la vidriera, colocado Dr. Date, y frente al mismo, el sillón ergonómico con sujeciones automáticas sensorizadas. Por fortuna, no semejaba una silla eléctrica -aún. Con su carcasa de material futurista, Dr. Date parecía mirarle a través de su lente diminuta. El interruptor digital con el símbolo on/off aseguraba el apagado si surgía alguna eventualidad.

Volvió a la sala de consulta. Se resumía en la mesa blanca que separaba los cuerpos, el del paciente y el del médico. Ambos se sentarían en sillones exactamente iguales. Uno frente al otro. Sobre la mesa echaba en falta algún material de escritorio. Ni siquiera un teclado. La pantalla sería holográfica y resolvería delante del paciente cualquier duda, en función de su entendimiento y comprensión. La máquina sabía leer en el rostro el nivel de comprensión del paciente. Sin embargo, el protocolo digital dictaba que el doctor Juan Salvador hoy tomaría asiento en el sillón ergonómico del Dr. Data, en la sala de exploración oculta. En la trastienda, donde antaño los boticarios preparaban las triacas, allí se sentó. Pulsó ON. Cualquiera diría que el médico había muerto. Quedó petrificado.

La primera paciente fue llamada por el altavoz de la sala de espera, con la voz que esta vez consideró Dr. Data. La puerta de la consulta del Dr. Salvador se entreabrió por un mecanismo electrónico. Se escucho el desprendimiento de un pestillo, como un sonido leve de impresora reiniciada. Pero esta vez no esperaba el doctor a pie de puerta, como antes de la pandemia, acogiéndote en la consulta con su bienvenida. Hoy, día 1 de diciembre de 2021, la figura del Dr. Salvador esperaba detrás del escritorio níveo, con un halo angelical tan perfecto que no parecía suyo.

Un comentario sobre “La muerte del médico

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  1. Me gustaría entrevistar al doctor Juan Salvador y hacerle la pregunta que el viejo Kant se hizo: «¿Qué es el hombre?» Además de interrogarle sobre el puesto del ser humano en el cosmos. ¿Ha perdido éste su lugar? ¿Cómo es posible que nuestro sistema neurológico y psíquico se adapte a un universo virtual cuyo espacio y tiempo son infinitos? Ahora se me hace más cercano que nunca el desazonado D. Miguel de Unamuno cuando apeló al hombre de carne y hueso, el hombre concreto que sufre, que goza, que está sujeto a afectos, a pasiones y que tiene que vérselas con su propia muerte, es por todo esto que su «ser-ahí» nunca podrá ser objeto de un sistema, ya sea científico o filosófico. Sin embargo, le pregunto ¿Es posible cambiar la ontología de los mortales sin que pierdan su sentido o sinsentido -en tanto que manifestaciones de la propia existencia- en el mundo?
    Lo más notable es la revelación que el autor plasma en su exposición de un mundo impoluto, de luz blanca, sin necesidad de interpretar los signos, pues el ángel exterminador ya ha sobrevolado el planeta, ya no existe ninguna comunicación, ningún deseo, porque no hay cuerpos. Todo fluye en una red infinita deslocalizada y destemporizada cuya trayectoria no sigue ningún itinerario.
    Pero ¿qué es eso que anda al acecho?

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