Una mordedura más allá del diván

Ser interpretado en la consulta invoca a perder el equilibrio desde la máxima altura del cable. Hoy, para Josefina ha sido un empujón lo que la ha arrojado del diván. Prescindiendo de metáforas: o se ha curado o se precipitará desencajada hacia el último acto. La transferencia transcurrió como el idilio convenido entre olas y acantilados, el paisaje entre nosotros resultaba entrañable unas veces, agreste otras, pero la interpretación de hoy -creo- va a ser definitiva: siento una opresión bien situada detrás del esternón. Siendo Josefina una maniática bipolar vestida de riguroso negro me he arriesgado demasiado.

Me levanto después de una tarde completa de consultas y revisión de historias clínicas. Deambulo por el pasillo de la clínica con andar de elefante. Así tengo las piernas. El atardecer ha acumulado nubes muy grises y hercúleas y un extraño, por no decir extravagante, viento de levante viene hoy a estas horas intempestivas. Un racheo asincopado empieza a inquietarme. La caja de cartón a desechar junto al cubo de basura vuela montada sobre una racha. Produce un golpe seco y de matiz cálido sobre la columna del porche. Asomado al jardín desde la ventana de la consulta pienso, porque siento, que me duelen las piernas y, a pesar de esta rara ventisca, debería salir a caminar. Sin duda es imperativo, con la pelvis congestionada la sensación de malestar se extiende hasta los miembros inferiores y, por mucho que el cielo de la tarde recuerde al momento cúlmen de la crucifixión de Cristo, debería salir a pasear. Me gusta a paso ligero y no necesito más que unas zapatillas deportivas, aunque ahora en verano prefiero dejar los dedos al aire con unas sandalias de trekking. Perfecto. Además usaré de bastón el palo de cerezo y ejercito la coordinación de la marcha. Pero ¿qué preparatorios son éstos? Si solo necesito descongestionar las piernas después de un dia de sillón y diván. Nada, salgo sin dilación. Abro la puerta y queda el bastón apoyado en la higuera mientras miro hacia atrás como si acechara una premonición. Una racha de viento revolotea la gorra. Mi cabeza también expuesta al levante. Cierro con llave y por fin camino. La calle es recta, por eso puedo vislumbrar al vecino de enfrente que viene de su trabajo y toma el inicio de la calle con su coche, entonces oigo el accionamiento electrónico de la puerta de su garaje a escasos metros de donde estoy. Todavía no ha girado para introducir el coche y la puerta está casi descorrida mostrando las intimidades de su parcela cuando me encuentro a su altura desde la acera de enfrente. Veo el césped inmaculado, sin calvas, y una solería de exterior que simula madera. Pero lo que verdaderamente me sorprende no es lo que veo, sino lo que no veo: descubro para mi sorpresa que ansiaba ver de nuevo a su mujer. Al cruzarnos con los coches en la estrechez de nuestra calle, delgada, abogada como su marido, suele mirar de reojo unas veces, otras de forma descarada. Las mañanas suelen ser de trasiego: colegios, compras en el super, algo de bricolaje y no es infrecuente cruzarse. Allí se aguza un cruzamiento con intercambios prohibidos. Su marido es un picapleitos con la cara prototipo de piterpan campeón de skateboard, sin límite alguno, cuyo padre ausente apareció al pagarle la abogacía en la privada, y así se vió obligado a proseguir el mandato familiar. Por su comportamiento intuyo un ombligo que hace las veces de piscina circular en el chalet.

La puerta acaba de abrirse por completo y – sorprendido por ese deseo no sabido- un instinto asesino irrumpe desde mis sensaciones desbocadas y coadyuvado por la dilatación de las venas. Las piernas aún duelen en esta insólita tarde. Una mezcla de deseo ancestral y sed de justicia universal aumenta la congestión de mis meninges. La razón inventa la excusa intelectual de la meridiana metencatez del picapleitos. Empiezo a justificar cualquier atentado sobre su persona, sin atenerme a ética alguna, sólo se trata de un desboque del pensamiento, solo eso. Me parece oportuno asaltar su patrimonio y entregarlo a los pobres, y al punto aprecio que esto no deja de ser otra excusa. Sobre todo, quiero apuntillarle. Me llevaría conmigo a la abogada, de aspecto frágil pero a todas luces con el corazón inflamado, soez como una doble vida entre pañales y satenes íntimos sin solución de continuidad. (Llevo escasos segundos de paseo, y transito por el empedrado de la acera y por el siguiente extraño trance: ahora soy yo quien descansa en el diván, mientras Josefina se levanta y da por finalizada la sesión).

La abogada no aparece por la puerta abierta, no acostumbra recibir al marido. No logro verla, nadie sale, me rio por fin de la desenfrenada asociación de ideas, y aún no me sorprendo al escuchar un gruñido que parece el preludio del último acto. Procede de una masa peluda de setenta kilos que ocupa todo mi espacio y me arroja sobre el pedregal, nada siento salvo una descongestión plena de los músculos en el recorrido milimétrico de cada uno de ellos. Como un felino reacciono a cada giro de cabeza de la perra que proyecta dentelladas con fina puntería. Sin duda, los animales son poseedores de una visión áurea capaz de captar los puntos vitales del oponente. El cuello parece su predilección pero reacciono a puñetazos, veloces impactan sobre los belfos dañándole la nariz, pero su doble condición de guardián y de presa potencia su determinación. La mastín a mandíbula partida, yo apurando reflejos. Se dice que un perro constituye el alter ego del amo, y esas dentelladas, lo puedo asegurar, parecen los disparos de piterpan a quemarropa. Con los pantalones hechos jirones y reculando sobre el asfalto, no me alarmaba la mano salpicada de sangre. Cuánto añoré el bastón de cerezo. Reconozco que llegará un momento en el que mi resistencia sucumbirá ante éste empuje imparable de setenta kilos de instinto. Por fortuna, una llamada del picapleitos bastó para que la perra desistiera de aquello que llevaba inscrito en sus genes. Misión cumplida : territorio o muerte. Sin embargo, no dejo de preguntarme: ¿qué quiso defender la perra del vecino? ¿Qué le dirigió hacia mí como una exhalación escrita desde el inicio de los tiempos, sin dilación alguna, directa como una flecha con nombre?

Después vendría el hospital, las artimañas del abogado para encubrir la ilegalidad documental de la mastín, sus lágrimas vertidas desde el caudal inagotable de narcisismo que buscaba la victoria como deformación profesional incluso a costa de su propia imagen. Vendajes, analgésicos, la antitetánica, el diagnóstico: “heridas por mordedura de perro en eminencia tenar de mano derecha y musculatura tibial de pierna ipsilateral”.

Llamada al timbre de mi domicilio dos horas después del suceso. La vecinita. Ataviada con short corto y una blusa con fines estratégicos. – No nos denuncie, por favor – palabras inmersas en gimoteos y un llanto inconsolable-, haremos lo que sea, lo que necesite, díganoslo y le ayudaremos: le pagamos el pantalón roto, las sandalias, los días que falte a su trabajo, dígame ¿Cuánto le pagamos?-. Aún si hubiera aceptado cualquiera de sus propuestas económicas, desde el centro de la piscina circular les hubiera sido imposible acercarse al olor a muerte que aún llevo conmigo. Aún aturdido por el dolor de cuello y aquellas proposiciones, caí en la cuenta de los riesgos que había tomado aquella tarde con la interpretación analítica que hice a Josefina, mi paciente de piel blanca y ropas negras. Me levanto con paso lento, intento enderezar la pierna y renqueo hasta las inmediaciones del diván. Allí me recuesto tranquilo.

Necesito reiniciar mi análisis con Jacques, mi mentor. Todo maestro necesita un maestro pues en el fondo del pozo donde habitamos, somos ignorantes.

Un comentario sobre “Una mordedura más allá del diván

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  1. En esta narración he podido sentir el pesar desconsolado y angustiante que ese cómodo, extenso y casi infinito diván infligió a Josefina. Puedo comprender su estampida a modo de cabriola, pues andar por una cuerda floja desde las alturas provoca vértigo y riesgo de perder el equilibrio, sin certeza alguna de caer en tierra firme y sin descalabro o, por el contrario, de resbalar por un despeñadero y dar de bruces no se sabe dónde.
    También puedo percibir notoriamente la animadversión que el analista siente por el arquetipo Loki -abogado, maestro de la argucia y del engaño- él fue el responsable de la deuda impagable que el dios Wotan contrajo con los gigantes, viéndose este obligado a entregar como garantía a Freia, diosa del amor, increíblemente hermosa, eternamente joven y guardiana del jardín de la Hespérides.
    Me pregunto si el analista quería, realmente, liberar a Freia o si su obstinada lucha contra la acometida salvaje de los setenta kilos de instinto fue un deseo inapelable de entrar en el Edén de la diosa y morder alguna de las manzanas de oro antes custodiadas por ella.
    Mas los deseos no desean ser consumados, así se mantienen fieles a su esencia que no es otra que la de permanecer deseando.
    Una vez más y sin saber por qué, la lectura de una experiencia tan genuina, rotunda y carnal me ha provocado in-quietud, privación de sueño y me ha hecho recordar al clarividente Nietzsche cuando aconsejó cautela en caso de tener el arrojo de asomarnos al abismo, pues si nos exhibimos ante él, el abismo también se mostrará ante nosotros.
    ¡Suerte con Jacques!

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