El Rey ha muerto: viva el Hueco

Aquella mañana, aunque el amanecer ofrecía las primeras luces desde el este, el futuro dejó de ser el mismo que era desde hacía quinientos años. El imperio había caído. Cascotes y piedras de ídolos desfenestrados por entre las ruinas. Muertos yacientes, detrás de las estatuas rotas y, como había sucedido desde el inicio de los tiempos, en la antesala del sol naciente una enfermedad comunal se extendía como la peste por los restos del imperio. Calles sin ley, huidas a grandes mansiones donde desvirgaban botellas de vino y descorchaban ninfas bajo la mirada celestina de alguna bruja libertaria.

Esa mañana el rey sabía que todo había acabado. Caminaba descalzo pisando vidrieras rotas y charcos de vino adulterado. Aquella embriaguez barata procedente de todos los negocios usureros del imperio se extendió como afluentes por aldeas, ciudades, mansiones y castillos, como ríos cuyos cauces se hicieron poderosos e indomables, rios que intoxicaron el océano hasta convertirlo en una vil foto de escritorio. Los píxeles sustituyeron todo agua germinal. Los cuerpos del imperio gozaban de un placer que jamás satisfacía porque la gente vivía desposeída de sus cuerpos. Y un cuerpo sin nadie se convierte en una máquina.

El monarca con la mirada carente de futuro retiró el visillo, la mano herida y las uñas mugrientas de sangre seca y ajena. Abajo, por los jardines descuidados, hierba rala, un ejército de brujas con el vientre yermo se perseguían a sí mismas en un juego sólo macabro para quien observara desde fuera. Los últimos soldados de la guardia real caminaban lánguidos y sin rumbo. Esperaban ser plato de elección de alguna mujer que entrara por los arcos de las ruinas y reclamaran un reducto de aquello perdido, a la sombra del monolito, ese viejo y erecto último vestigio del imperio. Restos óseos de varones colmaban fosas comunes, donde cráneos y fémures coincidían en un macabro juego de figuras simbólicas. Evocación de piratas, de ejércitos implacables, de viejos sanguinarios construyendo atalayas bajo los cráneos.

Al otro lado, despuntado entre los escombros de la ciudad, el amanecer respladecía a los ojos de quienes miraban hacia adelante encandilados y hacia atrás con pavor y desconfianza. Ahora desde las posiciones extremas de defender la bolsa o la vida, no quedaba otra que apelar a un nuevo dios. Una deidad que ocupara el hueco intermedio entre ambos extremos. Decía el rey, desde su destierro, que sus oponentes no le enfrentaron ejércitos, como a la antigua usanza. Pues no había ley nueva que instaurar para elevar la condición de los vencedores ni someter a los vencidos. – Esos opositores me desbancaron – decía- porque abrieron un Hueco en cada uno de los súbditos, un lugar sin nada susceptible de algo, pero en lo sucesivo siempre hueco de nada – pensaba circunspecto noches y noches con los ojos sujetos al crepitar de la lumbre solo, no ante el mundo, sino ante la nueva existencia digital que no acertaba a tocar con los dedos. La nueva Ley sería impuesta por el Hueco. Nadie sería torturado ni desangrado: tan solo el Hueco se agrandaría. – Una amarga sensación de desposeimiento de su cuerpo aún no le impedía la reflexión – Como dijo el poeta: cuando teníamos resueltas las respuestas, nos formularon nuevas preguntas. Así, todos, sin casa, sin posesiones, sin descendencia, sin semen, sin úteros, cada cual responde sin cerebro. Las laringes, sin sujeto, emiten frases construidas por una sofisticada herramienta psicosocial de la no-lengua, en las redes sociales. Esas frases, sin dueño pandemizan los hogares.

– El rey ha muerto, viva el Hueco. – ¿He muerto? – Se preguntaba mientras recordaba aquel lema de su estirpe familiar: “Una semilla aguarda en la tierra”. Recordó entonces una frase de los diarios de Ernst Jünger, movido por la inquietud que le generaba el mundo no-real en ciernes:

“Dónde querría uno vivir? Dónde se encontraría uno a gusto? Primero en países en los que se pueda leer y escribir todo lo que a uno le apetezca. En ciudades cuyas tiendas estén abiertas dia y noche, según les parezca bien a los comerciantes, y en cuyos cementerios se venere a los antepasados. En jardines con árboles altos y terrazas en cuyas paredes sueña, adormilada y vigilante, la salamanquesa.”

(Pasados los setenta III, Ernst Júnger).

Sumido en un extraño divagar, quedó sobresaltado por el ruido herrumbroso del portón de la villa. ¿Habrían osado por fin abrirla? La nueva civilización optó por la innecesariedad de asesinar al rey. La misma no-negación sería más efectiva que la negación misma, para una población que se familiarizaba a marchas forzadas a vivir con el Hueco: no había que rellenarlo, ni siquiera con negación. Sin embargo, alguien entró, quizás por fin para acabar con la vida del monarca, una existencia sin sentido que portaba una corona de museo sobre su cabeza sin musculatura. Adivinó una sombra bajo la rendija de la puerta, antaño entrada de ministros, ahora roída por la carcoma y la nada. Pensó en un soñado buen final blandiendo aunque fuese una fingida defensa que le ennobleciera y le mereciera los versos de algún poeta. – Pero, por Dios ¿Adónde fueron a parar los poetas? – En ese momento sólo temía morir sin testigos.

La sombra bajo la puerta se acrecentó como un gigante que advenía. Por la rendija, sin embargo alguien tan solo deslizó un sobre. Un mensaje, sin duda. Lo tomó y acercó la carta a la lámpara junto al ventanal abierto e invadido por la flor de buganvilla. Un jinete se alejaba de la mansión al galope. Un hombre joven, sin duda, de hombros fuertes, mandíbula decidida, alzado con las piernas como buen jinete, y arqueado para cortar el viento y no ser reconocido por el monarca. El Rey sabe que la semilla bajo la tierra aguarda oculta y bien tapada. No le reconoce. Una salamanquesa vigilante por su real presencia, no ceja de observarle y en una nueva relectura de la carta aprovecha para desaparecer de nuevo entre el carmesí de las flores.

La carta decía lo siguiente, con fuentes New Times, convencionales y frías:

“Uno debe vivir en un lugar en el que los edificios no oculten la contemplación del amanecer ni del atardecer, las últimas palabras del dia que oigan los niños, antes de sumergirse en los sueños, sean pronunciadas en forma de cuentos. Un lugar donde se venere a los ancianos y se recuerde con merecimiento a los muertos.

Sólo en ese lugar el Ser aprecia el nacimiento y el ocaso de sí mismo y, por ende, la proyección nasciente de niños amados desde que un hombre sumerge su mirada en el iris oceánico de una mujer. Un lugar dónde los niños anhelan ser héroes y las mujeres escriben historias con la leche de sus mamas. Donde el dilema se aclara a medida que caminas por el sendero hacia el templo, donde aguardan sentados hombres viejos a cuyos significados no se llega más que con la muerte. Un lugar donde las tumbas alimentan el retoño de nuevas flores.”

El monarca, con los pantalones manchados en la entrepierna y deshilachados por los dobladillos cayó en cuclillas, como un hombre primitivo que desde siempre cae en cuclillas exhausto para iniciar una lectura sagrada. En su caso, un texto que alguien sin Hueco introdujo por la rendija de su decadencia.

Sabe que subyace algo entre los antepasados y el estado de la salamanquesa.

4 comentarios sobre “El Rey ha muerto: viva el Hueco

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  1. me ha impresionado mucho este relato, comparto impresiones que describe Maryam..barrunto de los tiempos en que nos adentramos…y la esperanza de la semilla y el mensajero. gracias

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  2. Salam. Soy Maryam Ruiz, he hecho un comentario a esta nueva entrada con el nombre de Ángeles, sólo quería identificarme. Disculpa mi torpeza, no me manejo bien en algunas cosas🙂

    El mié., 16 de septiembre de 2020 21:14, Alfonso Segura – Emboscado y

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  3. A través de esta lectura he disfrutado de todo un elenco de extraordinarias imágenes, a veces, desoladoras, otras, radiantes y de espléndida belleza. El caso es que he sido afectada, ya con desazón, ya con la calma de haber comprendido después de asomarme al Hueco, de viajar por lo deshabitado. Si ni siquiera la angustia de no-ser, de lo nulo, puede habitar ese Hueco, entonces ya no estamos haciendo referencia a seres humanos deprimidos, ansiosos y angustiados, pero sanos, al fin y al cabo. Sanos en su seguir deseando y en su voluntad de estar siendo. El rey, tal vez, sólo esté enfermo de muerte, pero no muerto. La buena noticia es que le ha llegado un veloz y jovial mensajero con el remedio para poner fin a la magia del mago negro.

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