“Entre el deleite y la tragedia vaga el alma despellejada por la mentira”

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La hierba se mecía con las ráfagas suaves del viento. Las hojas del tilo vibraban en el aire acompasadas con la lectura de La Iliada de Homero. Juan Salvador – según palabras del Gran Narcís – realizaba una cura de palabras. Aunque él, el Gran Narcís, promovió la era digital y la dependencia a las pantallas, no servía de ejemplo: prefería el tacto y el olor del papel impreso. Para el dictador, que su médico tuviera la deferencia de pasar la tarde florida leyéndole un capítulo de Homero formaba parte de la terapia. También Charcot en Salpêtrière abría las puertas de lo reprimido mediante la articulación de la palabra. El tilo temblaba con la declamación de la Iliada.
En abril de 2030 Juan era aún el médico de cabecera del Gran Narcís. A la edad de ciento cuatro años el paso cansino del elefante patriarca ya delataba con nitidez su destino. Siendo laico, como era, prescindía de sotanas y púlpitos. Solicitaba la presencia de Juan Salvador y le esperaba bajo el tilo y el trasfondo de bugambillas. Aquella primavera – recuerda el doctor- las conversaciones adquirían una vitola de despedida. Leían en voz alta sin vehemencia y de forma exquisita. Como si fuesen antiguos hipocráticos, la lectura de los textos homéricos transportaba el alma a paisajes de combates, donde el espíritu encontraba sosiego de tanto envite con la muerte. El Gran Narcís de joven, cuando ya se denotaba la inutilidad de los héroes, suspiraba por parecerse a Aquiles. Juan leía y el dictador humedecía los labios con cortos sorbos de su Royal Blend.
Había algo de recapitulación. No sólo en la vida del Gran Narcis. También el doctor tenía igual sensación. Los dolores del tirano demócrata parecían disolverse en el Estrecho de Dardanelos sembrado de cabezas cortadas. Entre lectura y conversación el intelecto de Juan parecía un pastizal atizado por la vida del viejo. El fuego encendido devolvía calor sutil al dictador que renacía aún barruntando su final.
El Gran Narcís, como jugador de ajedrez supo mover fichas durante su interminable mandato: mass media, universidades, lobbys medioambientalistas y farmacéuticos, redes sociales, movimientos de ciudadanos, todos fueron adquiriendo la figura de alfiles y peones, azuzados por la ingeniería social de éste Secretario de Estado. El jaque mate, de forma definitiva, consistió en la instauración de la personalidad narcisista en la generalidad de la ciudadanía. Por puro cansancio, morir no le preocupaba. Pero como Aquiles, no cejaba jamás en la búsqueda de Helena. Su hojarasca de Narciso rebuscaba Troyas en sí mismo. Troyas en donde batirse con enemigos con quienes valiera la pena perder – o no perder- la vida. En definitiva, el palpitar que le recobrara el alma perdida. Una buena parte de los Algoritmos de la Inteligencia Artificial que dejaba en su gobierno estatal llevaba su impronta. Desde los biosensores cerebrales del Gran Narcís se vertieron axiomas. Con la experiencia y el tiempo, se retroalimentaron los axiomas y crearon , a su vez, nuevos algoritmos. El Gran Narcís, aún muerto, decidiría sobre la población.
Por un momento el médico dejó La Iliada sobre el paño de patchwork, pulcramente extendido sobre el tapiz de hierba. Parte de él, ajeno al embrujo narcótico que provocaba su paciente, como conminado por una obligación, se atrevió y dirigió al hombre de Estado: – Señor, el mes pasado, en el receso de un congreso de salud mental un médico hindú me comentaba que enfermedad y mentira se trenzan de forma recíproca. Lo que el paciente oculta el cuerpo vuelve a narrarlo con permiso de los instintos y las emociones. Y sin permiso alguno del intelecto. Cuando la verdad no toma cauce se amontonan sacos de arena y diques de contención, el agua clara de lo Real empuja y filtra, empantana los miedos y, más bien tarde, acaba desbordándose. Si abominable fue la mentira, nada desproporcionada sería la arriada sobre el pantanal del cuerpo y la personalidad escindida por ella. – Juan proseguía en ese largo intermedio del libro homérico. – Mientras mi paciente enferma de ocultamiento, en su entorno callado todos lo saben. Un fino hilo de consenso hilvana una realidad a la medida justa de todos. La mentira sujeta la brida de los daños colaterales mientras sigue atesorando intacto su poder destructivo. En una madrugada cualquiera, como una mujer desnuda y mirada perdida, la mentira recorre el pasillo entre las habitaciones. Una noche, por fin, será sorprendida. Entre el deleite y la tragedia vaga el alma despellejada por la mentira. Podrá dar explicaciones, pues la mentira siempre viene envuelta de semántica y con la memoria agujereada, pero su desencubrimiento lejos de ser lingüístico es existencial. Aunque se le escuche con fonemas se autodelata en el silencio: se expresa inefablemente incluso en su negación-.
La conversación y la tarde presagiaban tinieblas en el robledal que rodeaba a la mansión. El Gran Narcís urdía una tela de araña a la vez que entreabría una puerta de liberación para su impoluto doctor. Férreo en su determinación de tratar al ser sufriente hacía años que Juan observaba en el anciano una discreta esperanza a pesar de la maldad, ya conocida. Doblegó la voluntad de los ciudadanos expandiendo un pensamiento plano en las redes sociales. Antes les usurpó las propiedades. A los hombres le arrancó de cuajo la identidad y a las mujeres les arrancó el amor por los hombres. Los niños nacían en un limbo desde otro limbo de úteros artificiales. Les altero el género sexual hasta desvincularles de la cadena amorosa y les hizo migrar sin destino por toda la Tierra hasta que no tuviesen historia que contar sobre lugar alguno. Después instaló la mentira, escrita por él y les hizo tener sensación de vivir. Las neurosis las apagaba con una mentira que alargara la sombra de la mentira más allá del posible descubrimiento de uno mismo. Si miraban al espejo del lago sólo alcanzaban a ver la imagen del Narciso. Volvían la vista alrededor y no encontraban nada. Retornaban la mirada de nuevo al lago y solo quedaba la imagen arrugada de la hojarasca. La gente se quedó sin el sí mismo. Ya no había dolor, sólo una desazón inexplicable que se adormecía gracias a la decisión perfecta y personalizada, tomada por el Algoritmo.
Ambos se miraron a los ojos, dialogaron con la mirada embellecida de bugambillas, la pasiflora incarnata producía tonos púrpuras alrededor del cáliz coronado que formaba mandalas a descifrar por las abejas. Los tréboles competían con la malva, sombreando la tenue hierba inferior hasta hacerla sucumbir y convertirla en humus. Y la hiedra, la hiedra proseguía su incesante devenir, como una mentira de largo recorrido, a la que se le arranca una cabeza y surgen mil más. Extendía ramajes, hojas, raíces subterráneas y aéreas dando al jardín un sentido salvaje y canalla.
Su paciente era un experto creador en mentiras. La falta del gran Narcis no era tanto su capacidad para mentir, como su conciencia plena de manipulador de la mentira. Sin embargo, el trato semanal durante años, le sometía al escrutinio de los ojos del doctor. De forma concluyente, su médico le provocaba una hechicera catarsis que socavaba su narcisismo.
En ese momento el Gran Narcís le confesó lo inimaginable bajando la mirada hacia los tréboles y raíces de hiedra, atrapado por un confuso estado en su personalidad. Por momentos olvidó quién era. Se llevó los dedos a las sienes y desprendió los biosensores. Retirados con suavidad los depositó sobre el tomo de La Iliada, rozando briznas de hierba.- He perdido la dignidad de mi infancia… – espetó a Juan, mientras éste quería decirle que le sucedió en la misma niñez, pero apretó los labios: debía aprovechar que el Gran Narcis en ese momento se rompía. Esperó que dejara entrever algo mas por su fisura – …he sido un usurero con la realidad. Oculté información vital para otros y me adelanté con ventaja a sus tiempos, a sus fortunas, a sus destinos-. Juan sabía que el viejo le llevaba de la mano a algún lugar. Se alertó. El viejo no titubeaba. Su discurso, familiar para Juan desde que le conocía, era sosegado y con ese peso con el que ahondaba en la mente de quien le escucha. Voz profunda y frases bien construidas, sin posibilidad de ambigüedad, unas veces afiladas, otras romas, hasta producir un efecto clarificante para el oyente. El Gran Narcís sabía transmitir su pensamiento y trasmutar el ajeno. Desde el punto de vista médico era un intelecto sano. Sin embargo, la figura del mentiroso reaparecía en la mente de Juan Salvador y le inquietaba que no coincidiera con su distinguido paciente. Este no poseía la mente tipo queso gruyere del mentiroso compulsivo, que tarde o temprano mostraría sus agujeros en el discurso, el gesto y la mirada. El Gran Narcís no mentía en su vida: manipulaba la mentira de la vida de los otros. Así las cosas, le saldría el alma por el lado contrario del que le sale al resto de mortales. En su funeral sólo algunos aventajados podrían hacer una lectura fiel de la verdad inscrita en su piedra lapidaria.
El tomo de La Iliada permanecía abierto sobre el mantel en la hierba. Expuesta iba quedando la infancia del Gran Narcís durante el diálogo entre ambos. Juan, por experiencia clínica, sabía que esta apertura no duraría apenas. El paso de luz entre las nubes queda a merced del más nimio cambio del viento. El Gran Narcís procuró que así fuese. El doctor se levantó de su silla de enea, no exento de torpeza pues creía que no se iba perder la extrema mentalización que les sumía a los dos a pesar de un sutil cambio escénico. El Gran Narcis había amoldado su cabeza sobre los almohadones de la divaneria, cerró los ojos y los abrió de forma súbita al notar la proximidad del médico a los pies del diván. La primera impresión de su mirada quedó fijada sobre el suelo del césped y señaló un ramillete travieso de hojas de hiedra. – …sembré esa hiedra yo mismo. Hace años, al inicio de mi mandato. – Juan se agachó para observarla. Ramificaba a partir de un gajo cuasi raíz. Le dijo, con el fin de que el viento no cerrara el ventanal de luz de la infancia: -¿Una hiedra de mil cabezas? – El gran Narcis, profundo de palabra y con actitud huidiza cayó en la cuenta. Con disimulo dijo: – Rescaté un esqueje del invernadero. Lo tomé de una raíz sumergida en agua. Soltó esos pelillos que son capaces de adherirse a cualquier pared para iniciar una nueva vida. Ahí la sembré- señalando la valla frondosa que ocultaba todo el paisaje del valle. Prosiguió animado el anciano, otra vez retornando a los ojos de Juan- Así es la mentira. Se adhiere y florece junto a la realidad porque tanto el que la siembra como el que la contempla entienden que así sea. Se enraíza y ofrece ramas al aire para sujetarse con zarcillos al mundo. La hiedra si pudiera atrapar un pajarillo al vuelo, se engancharía a su cola para, como la mentira, poder volar hasta alcanzar los más altos planos del cielo. Si por ella fuera procuraría alzarse hasta el séptimo. En su empeño por pasar desapercibida, sea el que fuere el coste, aspira a derramarse sobre la vida de la gente con la más alta gradación de supuesta verdad. Esparce ramas al suelo y a la pared, sobre el granado y el olivo que coge a su paso. Explaya un telón de hojas verdes esmeraldas obligando a la mirada a limitarse al estrecho jardín. Nada puede verse detrás de las hojas lanceoladas superpuestas, ramas sobre ramas. No ves ni recuerdas el paisaje que oculta, el pico nevado adonde subían los ancianos cuando empezaban a desdentarse. Los antiguos al menor indicio de ancianidad, solían subir los sábados por la mañana. Era raro que alguno no volviera, pero cuando desaparecían para siempre, un júbilo embargaba a todo el pueblo. Los niños sabían que cuando les despuntaba el vello en las axilas debían iniciar la escalada en busca de un anciano venerable. Bajo el mecido de las hojas flotantes de los chopos, escuchaban el consejo de los viejos desdentados. La muerte, en otro tiempo, formó parte del camino. Eso, me esforcé por ocultarlo, ¡Juan!- exclamó rompiendo el hilo que Juan Salvador se esforzaba en mantener-, ¡agarra esa raíz que tienes bajo tus pies! ¡Tira de ella! – le ordenó de forma imperativa. Juan se estremeció, con ese tono el Gran Narcís jamás se había dirigido a él. Empezó a tirar suavemente con el vigor de sus manos de forma que se desmoronaba la tierra fresca bajo la raíz descubierta. Un olor a trinchera de guerra se rememoró en el hombre mayor. Para Juan, un aroma extraño. Por momentos también les llegó un olor a pólvora y a sepultura y a tierra mojada de sementera de sucios amantes y, por dos veces, la raíz extirpada extrajo también lombrices rosadas. Tallos y raíces. En manos de Juan alcanzaban unos quince metros de tierra descubierta y, por fin, el pico nevado brilló como un tesoro. El gran Narcís se conmovió, no tanto por el opresivo dolor torácico que procuraba disimular. Como un viajero en la cafetería de la estación, sabía que no perdería éste tren a pesar de apurar el fondo de la taza de té con parsimonia. Lo que le consternaba era la imagen de su médico. Juan, con las rodillas clavadas en la tierra bermellón y una incandescencia furiosa en los ojos, los brazos descubiertos y henchidos, las manos apretadas en las raíces de plástico, de una hiedra de plástico, de una hiedra de mentira y de plástico. Se embistieron con ojos de enemigos hasta que volvieron en sí a reconocerse: el paciente y el médico. El Gran Narcís entornó los ojos hacia el suelo, un parpadear lento que esperaba el perdón de Juan, cuando éste le emplazara de nuevo con la mirada; y Juan con una rabia que bajaba por pozas descendentes, a la tristeza y finalmente a la misericordia. Con el perdón se le enturbió acuosa la vista y apenas pudo ver al Gran Narcís con la mano apretada sobre el pecho, su sonrisa narcisa y una puerta que se entreabría a su espalda. Un crepitar de fuego y la hojarasca se transformó en cenizas. Como una mariposa que les abandonaba, alzó el vuelo.

2 comentarios sobre ““Entre el deleite y la tragedia vaga el alma despellejada por la mentira”

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  1. Gracias Mariam, por tu aportación. Nada mejor que el texto cobre vida con la lectura y , sobre todo, con qué tipo de lectura.
    Por fortuna, el arquetipo del Médico siempre existirá, aunque habrá épocas como la que se avecina, que andarán por las catacumbas. En general, los que se vean en los hospitales sólo será gente con titulo de Grado.
    En cuanto a excavar hasta llegar al manantial es arduo y peligroso pero de recompensa elevada para quienes lo busquen y/o estén predestinados. De todas formas, lo importante no son los personajes (por ejemplo, nosotros), sino la escena: de los signos escénicos emanan los significados. El Gran Narcis muestra el camino a los narcisistas del mundo, pero también, su condición de malvado Real, con su debilidad humana, exprime la condición de último mohicano de Juan.
    Luego el remedio es… Ser. Ser el Gran Narcis, Ser Juan. Y esperar.

    No es extraño que el texto trate sobre la Mentira y, por ende, sobre el Encubrimiento, en tanto que forma un entretenido juego de ilusiones que contemporiza e incluso imposibilita el Encuentro con el Ser.

    En forma de agradecimiento voy a compartir contigo una frase inspirada de un texto sufí, que me ha regalado una buena amiga: Isabel:
    «la hiedra, tan rastrera, tan enredadera, llena de simbología rajásica de expansión horizontal pero nunca vertical. No sé qué sabio sufí decía: Planta tu jardín verticalmente, solo así podrás elevar tu linaje.»

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  2. ¿Acaso existe el galeno que pueda dotar a un «gran-narcis» de un «corazón enérgico»? ¿Cuál es el remedio que nos puede abastecer de fuerzas titánicas para excavar, y seguir excavando, en un desierto hasta encontrar el manantial? Algunos lo podremos encontrar adentrándonos vivencialmente en la Ilíada, tal y como parece que lo hicieron el Gran Narcis y su médico Juan, ambos acabaron reconociéndose e integrando sus opuestos, tal y como lo hicieran, aunque salvando las distancias, el rey Príamo y Aquiles. «¡Padre zeus, verdaderamente grandes son las cegueras que das a los hombres!» (Palabras de Aquíles,; Il. XIX 270)

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