Rosa Negra

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Juan Salvador caminaba por la vereda de jacarandas. Recordó por sus lecturas, que las hojas se empleaban como antiséptico. Las flores violáceas prendían zarcillos y soltaban luminosas esporas aladas. Una vez más vio aquel color dorado del aire. Se trataba de un ambiente que suele embargarle en algunos sueños y, en contadas ocasiones, durante momentos  de vigilia. Los rostros se tornan sospechosamente hermosos y, sin excepción, todos reflejan un sol atemporal en sus pupilas. 

Cuando la tarde mancha de dorado las manos y los gestos, él ya sabe que cualquier arboleda se antoja del otro mundo. El camino al hospital, a la cabecera de la cama de Joan, venía precedida por un vacío del estómago.

Juan Salvador reflexionaba a medida que iniciaba el ascenso por la empinada escalinata del Hospital General – Joan es paciente mío desde su adolescencia. Hace tres días cumplió cuarenta años. La vida es frágil, casi un milagro y, si nos esforzamos por cuantificarla, un soplo. Golpeó con los nudillos la puerta en la Unidad de Infecciosos, para no sorprender a ningún familiar de Joan en la habitación. Allí estaba Marianne. Le conocía sólo por su nombre, por las anotaciones realizadas en la historia clínica cuando Joan le pedía cita en el centro de salud. El galeno por fin puso imagen y rostro a esa mujer, con frecuencia nombrada.  Tras una breve presentación entrambos, ella, tímida y perceptiva, notaba la presencia cada vez más necesaria del doctor. Le mostró su preocupación, pidió consuelo con la mirada y le dejó a solas con el enfermo.

-Tiene meningitis debida a una esporotricosis -prosiguió el doctor con sus cavilaciones-. Aquello empezó hace menos de un mes con una lesión celulítica en el dedo pulgar, de apariencia banal, que traté con antibióticos. Tras el ciclo de antibióticos mostró una llaga en la lesión, que acabó ulcerada. A la segunda consulta obvié los absurdos cinco minutos por consulta que impone el sistema encanallado de salud pública. Escuché a Joan, pregunté hasta que hablaron su postura y sus silencios. Los ojos guardaban un entretejido mental y emocional que los antiguos supieron definir como acceso melancólico. Comenzó con monosílabos fríos y secos, hasta que sus ojos adquirieron un fulgor inesperado, el paisaje nevado y solitario de la melancolía se fundía relajando sus facciones como si obrara un proceso curativo. Mientras, a medida que su dedo perdía el protagonismo que imponía el dolor pulsatil, comenzó a narrar su biopatografía. Por más que me esforzaba en atender la linea argumental de sus palabras me asaltaban imágenes de antiguos pacientes. Hasta que evoqué a un empleado de viveros, cinco años atrás, jamás se me hubiera ocurrido pensar que Joan se dedicara a la jardinería, ese informático inusitado – experto en poesía colombiana- ¿cómo es que empleaba su tiempo libre en podar matas? – Entonces, atosigado por la complaciente comprensión del doctor, lo confesó:- Soy un ladrón de rosas-. A Juan Salvador le llamaba la atención la dignidad con la que autoproclamaba dicha actividad, como si de un título nobiliario se tratara. El doctor descolgó  el reloj de la pared y se encaminó hacia el dolor de Joan, que por momentos adquiría significados paralelos. Los poetas suelen rondar por los límites de los vallados. De vez en cuando , como ladrones o perseguidos, lanzan una metáfora inalcanzable para la mayoría, pero fulminantes para ellos, como una daga de Eros, y para quien corresponda.

Vivía en el barrio residencial a las afueras de la ciudad, en una zona equidistante entre el centro urbano y el valle de los huertos. Antes del amanecer, linterna en ristre, cada mañana cortaba una rosa. Ataviado con todos los utensilios para realizar el corte prefecto, tijeras de limpiar pescado y una escueta bolsa de envolver libros de bolsillo. Sin embargo, abominaba llevar guantes para esa tarea, prefería notar el terciopelo de los pétalos y que permanecieran trazas de aceite esencial en la yema de los dedos. Los nudillos arañados delataban su afán diario y obsesivo por los enzarzados rosales. Sucedió no sabía cuantas veces, succionaba suave alguna gota de sangre procedente del pulpejo y calmaba el dolor. 

Pero hubo una madrugada – él no lo sabe, pero yo sí. Durante la entrevista clínica ya había tendido las puertas de su castillo para que el médico entrara-, era una noche oscura, un cielo encapotado sin estrellas. Descubrió en los arriates de la vereda, un rosal olvidado en su mapa mental, más que premeditado, de los jardines conocidos. Cuando la luz de la madrugada permitió distinguir el hilo blanco del hilo negro, descubrió una rosa oscura y se sobresaltó al reconocer que era negra. Negra como la noche. Y él, así mismo, temió ser un insecto negro perdido en la vereda de entrada de un pueblo negro sumido en la avería de las farolas. En tales situaciones suele coincidir que también la batería de la linterna sucumba a la noche. Palpando el capullo arramilletado de pétalos acogió entre los dedos suficiente tallo espinoso para ejecutar el corte. Se desprendió una fragancia hipnótica. Tuvo un dolor intenso, quizás en el cerebro, y pronto notó una palpitación húmeda en el pulpejo del pulgar. Al subir al coche en la camisa brillaban gotas bermellón y la herida del dedo parecía seca. Depositó la rosa sobre del asiento del coche. Parecía única. Negra.

-LLevo tres meses robando una rosa cada mañana, doctor- me decía a medias orgulloso y arrepentido – y, como sabe, no puedo ni quiero evitar las espinas. Así Marianne percibe la realidad de lo que le ofrezco, sin fantasías. Puede oler el perfume mientras con cuidado, evitando pincharse, porta la flor hacia un vaso. A partir de ese momento, si quiere que perdure, debe proveerle  de agua. Y como todo acaba en un instante, al día siguiente le regalo otra, que le invita a otro instante. – Juan Salvador, atisbaba los ojos lejanos de Joan, sabia reconocer los páramos por donde vaga la mirada de la locura. Joan estaba esquilmando los rosales de la comarca. Algunos vecinos comentaron las señales de alarma en la barra del bar, entre vinos y anchoas. 

Juan conocía la variedad black baccara: pétalos de terciopelo negro y unas espinas muy agresivas. En la simbología ancestral del lenguaje de las flores, la rosa negra manifiesta el amor demente, aquel que perdura más allá de la muerte. Una incursión semejante en la entrega amorosa confiere perdidas semejantes al primer combate de guerra. Alguna parte del ser siempre queda tocado. Puede que el amor sublime sólo pertenezca a Dios – pensaba Juan Salvador, más médico que nunca, mientras seguía escudriñando la gravedad psíquica de Joan-. Me dice que no coge flores, sino que las roba: signo de su abstracción a la ley, los parámetros convencionales difuminados, y además el robo lo realiza en un terreno intermedio entre la realidad y la metáfora. En su arrobamiento wertheriano Joan me interrogaba sobre si podía perder el juicio, mientras yo me preguntaba cuál era la enfermedad de Joan: melancolía del amor o infección celulítica en el dedo. Vivir inmerso en un poema aún siendo posible no es algo exento de peligro. Suele ocurrirles a los aviadores de principios de siglo XX y a quienes buscan rosas del desierto bajo las dunas. Ya le sucedió al aviador Antoine de Saint-Exupéry. Así, Joan lo experimentaba en sus madrugadas perfumadas. Sólo algunos corzos atrevidos, que abandonaban las lindes del bosque para llegar a las veredas eran testigos de su poemario. Y probablemente yo acabe siendo testigo de su último vuelo. Son los peligros inherentes a los acercamientos a las lineas divisorias que dibujan las metáforas y al desierto. No tardan en darnos la noticia de un desenlace fatal entre la mujer de tul blanco y labios rojos y aquel aviador. Un accidente aéreo suele guardar intacta la imagen joven del hombre apasionado.

Así fue como Joan acabó en mi consulta con la mano amoratada por la infección tras pincharse con una espina de rosa. Tuvo tiempo y ganas de contarme – mientras le realizaba una cura- que una vez adquirió una rosa amarilla con márgenes anaranjados que duró todo lo que duró su luna de miel. Cuando salió del hotel, ya de camino a su nuevo hogar, volvió sobre sus pasos hacia la cocina, dónde la rosa les acompañó en cada desayuno, y la vio allí, por fin un primer pétalo – ya insostenible- sobre el mantel blanco de la mesa.

Una vez conseguida la flor corría hacia la plaza del pueblo donde abría sus puertas el ayuntamiento y trabajaba Marianne de administrativa. Aún quedaban unos cinco minutos para el inicio de la jornada laboral. En la sala del café, sabía localizar los vasos reciclables, ideales para portar la rosa del día. Contenía la respiración tras una columna que ocultaba su barriga incipiente, mientras dos o tres funcionarios pasaban distraídos. Nadie sospechaba que un intruso portador de una bolsa de libros de bolsillo entregara la dicha matinal a Mariana, la alegría de sentirse deseada como el primer día. Una rosa para Marianne. Y aquí, delante mío, la mano infectada de Joan – me transporta a reflexiones sobre heridas. Pero no sobre el desbridamiento de heridas, su drenaje o cicatrización. Pienso en esos jóvenes celtas que recibían la primera dentellada del jabalí cerca de la femoral, esas heridas que se palpan cuando atravesamos algún umbral iniciático. Sin duda, hay enfermedades que hablan de nuestra condición. 

“Blot, blot”. Mis reflexiones se interrumpieron con un respingo. Un mensaje de wasap en el tfno de Marianne. Lo había dejado sobre el incómodo sillón de acompañantes de la habitación de infecciosos. “Blog, Blot”:otro. Un emoticono de predominio rojo. Como llevaba puesta las gafas graduadas para mi presbicia con el fin de explorar con precisión la textura de la piel de Joan, cetrino y sudoroso, me fue fácil en la distancia del sillón reaccionar al sonido del wasap, girar el cuello mediado por el sobresalto y ver en la pantalla del teléfono un emoticono de una rosa roja. – Mientras se recupera del sobresalto del tono, el doctor procede a una exploración de la pupilas. Piensa que Joan morirá-.

Un emoticono llega al cerebro del receptor para ocupar las redes neuronales de su pensamiento no exclusivamente objetivo, deja la imagen en el cortex cerebral, pero también deja impronta en el sistema límbico, presto a la interpretación por el colador de las emociones, los deseos e incluso de los traumas previos. Un emoticono se envía con el dedo pulgar -también- con un significado semiabierto y es interpretado de forma aún más abierta, no explícita. Cada receptor de wasap alimenta el hueco de su hojarasca seca con una emoción que alivie el prúrito de la vida. Las imágenes simples constituirán el lenguaje venidero para una época nihilista en la que nadie quiere hacerse cargo de sus propias palabras y la tendencia es que el pensamiento se encarcele en forma de meme. La rosa emoticono hace aparición tan aséptica como infertil. Aquí cobra sentido que los niños del futuro próximo se gesten en úteros artificiales. El emoticono del beso impide que nadie te vea, que seas furtivo como muchos alguna vez quisieron, sin arriesgarse a una bofetada por respuesta – de pronto recordó Juan Salvador que ésta época era la de la cobra: un coste pagado de la sociedad de la dignidad a la de la violencia y el victimismo soterrados.

Entra Marianne apresurada a tomar el móvil. Esboza una sonrisa perceptible y vuelve a dejarlo sobre el sillón.  Entablamos una breve conversación sobre el estado de Joan. Nada más intento hacerme un cuadro general de la situación, indagando en el estado emocional de Marianna para que entienda y acepte mis noticias, la primera  frase que pronuncio se interrumpe con la irrupción del médico internista: una vez valorada la última analítica pasan a Joan a la unidad de cuidados intensivos.“Blot. Blot”.

La veo apresurada, alejándose por el pasillo, siguiendo los pasos de la camilla de Joan mientras el celador no puede ocultar su rostro ansioso y el paso ligero, empujando. Ella lleva la cabeza gacha: mirando el móvil y sincronizando movimientos duchos con los dedos pulgares. «Blot, Blot”, una sonrisa de un segundo, que desaparece pero que se me queda en al memoria como un pantallazo de escritorio. Después, prosigue preocupada tras el celador y la camilla.

Juan Salvador sale de la clínica, vuelve al camino de jacarandas. El suelo lo tapiza una hojarasca que cruje fina con cada pisada.

Hojarasca sin espíritu, sólo deja escapar un crujido de lo que parece ser, vacía en su interior. Sólo les reconforta acercarse a los márgenes del lago y mirar sobre la límpida agua de megapíxeles y ver el rostro propio de la hojarasca sin alma. Sin identidad sólo les queda seguir proyectando deseos donde sean escuchados: en la nube, esa masa de redes donde los deseos no comprometen, por amorfos y ser de todos. 

Juan Salvador se apresura a subir la escalinata y entrar en la clínica, toma a Marianne por los hombros, extiende sus brazos hasta abarcarla completa y en el abrazo le dice: – Mírame-. 

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