Granos de cacao

En la naturaleza del amor existe un cantón secreto, un territorio apenas explorado salvo por la persona singular. Es el territorio de la atracción llevada de la mano por la desmesura del Eros que requiere, a veces, dosificarse tras los acantilados diosinisacos para encauzar las aguas y regar los jardines del amor. En ese territorio se encuentra la señal de la rosa por los pasillos, en los escalones de las estancias. Los amantes oyen el rumor de las cosas y desoyen el sentido común. Hacen aparición gatos sigilosos que permanecen inmóviles en consonancia con los amantes. Esperan abrigando la esperanza de una señal que rompa el embrujo de esa zona peligrosa, a veces mortal, de la conciencia perdida de forma irreverente. En esos momentos no deja de llover, la fina llovizna no cesa.

Conocí a un hombre que dejaba una rosa en el zócalo de un pasillo, al inicio de la escalera que conducía a la alcoba de su mujer. El acto amoroso empezaba – o mejor, continuaba- así.

Conocí a otro que era aventurero, conducía a la gente por los desiertos del mundo, no tenía patría ni sustento pactado con nadie. Su única provisión eran historias contadas que rememoraba surcando los aires con su avioneta. El aterrrizaje de ese hombre era en el cuello de una mujer, una doctora, su amada. Ambos se veían, indocumentados, tras cada viaje. Él abría los amplios ventanales de la vida a aquella mujer, que siempre le esperaba mientras curaba niños. De él sólo esperaba luz y él de ella, patria y tierra.

Conocí a otro que viajaba cada dos años a México y se adentraba en la espesura de la selva lacandona, al Desierto de la Soledad, que es como llaman los lugareños a esa frondosidad selvática donde el verde esmeralda estalla en la retina. Allí trataba con un indígena tojolabal el precio del café que era su negocio anecdótico, como él solía llamar a aquel trato. El verdadero motivo del viaje azteca, como decía, era comprar setecientos treinta granos de cacao, trescientos sesenta y cinco puros, y otros trescientos sesenta y cinco tostados. Al día siguiente de la llegada, con el jet lag aún estirando su cuerpo desalmado -estando por llegar el alma- quedaba con su mujer y la besaba en los labios. Pasar con un beso un grano de cacao macerado con la saliva de quien amas es hacer un pacto con Teos y comenzar el acto amoroso desde el vértice de la pirámide. Cada día, aquel hombre veía como menguaba el contenido del saquito de cacao. A los dos años, le aguarda Don Rafael en la selva con otro saquito recolectado, para que todo siga e incluso permanezca.

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