El jardín neoliberal de narcisos

Narcís Kiss Engers fue un político reputado. Llegó a ministro. Su mayor habilidad era saber moverse entre bambalinas. A tenor de lo que descubrí en los últimos meses el gran Narcís había desarrollado el delicado arte del cultivo de narcisos. Solía visitarle a su casa en la Provenza, dónde disfrutaba de un retiro inusual para ese hombre de noventa y nueve años. Sin duda, le caí en gracia, no tanto por mi condición de médico como por la proximidad de su centenario. Su habilidad política y el conocimiento profundo de la psique humana le confirió una reputación sin igual entre los líderes del Nuevo Orden. Con malicia soterrada, en círculos sensibles le llamaban la reencarnación de Goebbels. Dicho comentario habría llegado a mis oídos y en mi condición de emboscado guardé el insulto como oro en paño para indagar sobre esa afirmación, despejando susceptibilidades y reactividades defensivas por su parte. Maquiavelo y el cardenal Mazzarino eran clásicos que andaban por la mesa del despacho. Le conocí durante la etapa en que me asignaron como médico de cabecera del Primer Ministro. Éste, por deferencia a su doctor, me invitaba a departir en los momentos de asueto con amigos, familiares y algunos ministros. Ni que decir tiene que las grandes decisiones de Estado solían forjarse durante el vermout, cuando la conversación se animaba sobre doncellas y el handicap personal en el green. Los pasillos y las alcobas suelen cerrar tratos internacionales que se resisten a la moqueta oficial.

A pesar de la edad, Narcis sólo pararía cuando llegase su último hálito, aunque dicen que se retiró de la política por motivos personales, comentario susodicho cuando apremia un buen negocio en la trastienda. En ese sentido, reconozco, siempre me intrigaron las visitas extraoficiales de Helmult Knor y Philip Genoom a su casa pueblerina en la Provenza. Era Allí dónde su esposa embelesaba las tardes de tertulia con té y shortbreads que ella misma cocinaba.

La última tarde del Gran Narcís la viví en primera persona. Me llamó – doctor, ¿quisiera usted pasar esta fresca tarde tormentosa con un viejo de pocos, pero excelentes amigos?- Cómo no- respondí sin dudarlo-, no puedo resistirme a las galletas de mantequilla de Elsa. Dígame a qué hora-.

Esa tarde -recuerdo- se expresó con una jovialidad desmesurada. Parecía estar poseido por el espíritu del hombre que fue a los cincuenta años, en su plenitud vital. A la mañana siguiente lo comprendí todo. Tuve que volver a la villa para certificar la defunción del Gran Narcís.

Como decía, aquella tarde me desveló lo que dejaba, mientras yo, me colocaba en mil formas posibles sobre el incomodo tresillo isabelino. Mi escucha careció, pues, de cualquier inclinación al sueño.

Cuando se masculla el final de una época, es una prioridad que aparezcan los fanatismos, con el fín de precipitarla sin que se entrevea oposición. Y con frecuencia – me comentaba a mí, el médico emboscado – la máxima expresión de la intolerancia se consigue interpelando a un “otro” extrapolándole el calificativo de fanático hasta la saciedad o, lo que es lo mismo en ésta época, hasta la posverdad. Sucede entonces que los hechos objetivos adquieren un lugar secundario frente a la modulación pasional de la realidad. Ese es el momento en el que entronizamos a algún excéntrico atractivo, cuyos rasgos de personalidad puedan justificar un último y fatídico desmán contra la humanidad.

Es la situación ideal para que desde nuestro cículo de poder arrojemos carnaza al circo. Mientras la vida se destruye en los verdaderos escenarios de guerra, al hombre común se le atenazará con el azote emocional del terror. Desde la creación de los estados modernos, tanto en dictadura como en democracia, en ambos casos, sembramos el terror. En la primera forma política, la dictadura, el terror se expresa como represión. En la segunda, en opinión manipulada que alcance hasta el tuétano, capaz de impregnar con tintes viscerales. En ese sentido no es extraño asistir al extremismo de brillantes intelectos racionales, que opinen sobre temas que desconocen a pesar de rápidas lecturas previas de axiomas manidos pero sustentados y justificados por la Ciencia o nuestro interés mercantilista.

En la época del paroxismo neoliberal mundial los tambores de guerra tienen finas expresiones en distintas disciplinas de la vida y cultura humanas, así, por ejemplo, en Medicina, la ciencia que tú ejerces, se acerca el inicio de un nuevo paradigma, con el empuje de una tecnología para la que el común de la gente aún no está preparada – pero claro, todo llegará, querido Salvador. Estamos urdiendo un entramado de fé ciega en la Ciencia.

Nuestro neoliberalismo, con su disfraz, teje su urdimbre más allá de la esfera económica, penetrando todas las esferas de la existencia humana. La economía es el medio, el objetivo el alma, como dijo en su momento la Dama de Hierro.

Amaneramos al dios cristiano hasta que feneció enjaulado en su propia institución. Sustituido por el dios calvinista que exaltó el trabajo y el esfuerzo, ha llegado el momento de matar también a este dios y ensalzar finalmente a la diosa Ciencia. Pero para adorar a la Ciencia, estaba claro, hacían falta fieles entregados, por ello creamos una generación de subditos ansiosos por ser mejores en sí mismos, a la vez de negacionistas de todo aquello que no fueran ellos mismos. Y en cuanto al dios de los musulmanes, tuvimos que precipitar un estado de animadversión visceral a nivel mundial. No podíamos parar las conversiones y su expansión demográfica, tal era la pasión que tenían por la vida y no sólo por la otra, sino también por ésta. Gestaban y daban de mamar de forma connatural. No podíamos pertrechar sus almas, sus corazones sólo albergaban a Alá, me decían aquellos musulmanes a quienes me había ganado su confianza. El esfuerzo para que se postraran ante las tarjetas de crédito resultaba infructuoso. No aceptaban la usura y como diría nuestro ministro de economía: un país sin usura es un jardín sin flores. Así pues, además de matarles -nuestros depósitos de gasolina rebosan sangre islámica- les provocamos entre ellos incluso autoanimadversión. Si ganaban algunas elecciones asesinábamos a sus mujeres embarazadas y aún vivas les arrancábamos los hijos del vientre para negarles cualquier esperanza. Descerebrados inútiles gritaban Alá es grande mientras descerrajaban cuerpos con una mano y se sujetaban las barbas postizas con la otra. Hoy dia, como nuestro subconsciente es idiota, cualquiera que escuche una explosión, asociará a un musulman con terrorismo, sea cual sea su condición.

El Gran Narcís se levantó y mirando a los bosques al otro lado del ventanal, parecía buscarme de reojo hasta que logró atisbar mi mirada y la confrontó con una mezcla de dureza e irremediabilidad. Espetó – sobre los judios, ni media palabra-.

Mi vida en los bosques me había adiestrado en ahorrar energías y buscar recovecos e instantes que me permitan conservar al supervivencia. – Por favor, ¿Podría explicarme con detalle, aquello que pretendía contarme acerca de mi profesión?- le dije a sabiendas que ese era el tema original por el que fuí llamado- Comprenderá que, como mínimo, me interesará desde un punto de vista meramente antropológico -.

Mi apreciación despues de tres años en la cabecera del Primer Ministro es que el Gran Narcis ocupaba un lugar privilegiado de segundo de a bordo. Estaba pero no se le veía. Varios dias antes de un cambio en el país, sólo me bastaba compartir el vermout con él para comprender el dibujo del nuevo escenario político.

El nonagenario Gran Narcís, siempre fue generoso conmigo desde que le conocí. Me explicó, con su estilo sencillo, casi como si fuese una transmisión, aquello que había tramado desde hacía años. – Moriré con la misión cumplida-.

La escucha motivacional, inherente a mi profesión, envolvía el ambiente entre el sabor de las aceitunas y el perfume a saúco que dejaba la mano de la camarera en las servilletas. El Gran Narcis, prosiguió – he creado una generación de narcisos que no cree en nada, salvo en sí mismos. Ningún principio ético, ninguna prohibición parecerá sostenerse frente a la exaltación de la supuesta capacidad de elección infinita narcisista. Los límites para el goce no se situaran en los límites de la cultura, la verdad o la ley, sino en el propio individuo. Podrá ser caótico, pero sin duda, estará entregado ciegamente a la libertad, el prócer que mantiene a los individuos bajo el poder de las democracias. Y así seguiremos imponiendo la ley del mercado. Lo hemos conseguido. Hemos impuesto la libertad de forma deliberada y soez. Nuestro poder neoliberal no sólo reprime, sino que lo hace inspirando una subjetividad vertiginosa.

Tenemos al mejor soldado jamás fabricado: el narciso, cuya ilusión de libertad le hará obviar cualquier sometimiento que le infrinjamos y , sobre todo, no estará dispuesto a aceptar que se le insinúe tal engaño, de suerte que llegaría hasta a matar. Es el hermoso esclavo que asesinaría a quien pretendiera librarle de las cadenas.

Nuestro narciso neoliberal es un emprendedor competitivo sin más normas que las del mercado. Esto preside sus relaciones. No hay dios ni becerro de oro que jerarquice sus valores salvo él mismo. Se convierte en la fuente de sus infortunios, o éxitos, por tanto no descansa en autosuperarse y en su desarrollo personal. Eso sí, su autoadoración no procede de su fortaleza sino de una frágil infancia en la que le hicimos huérfano de identidad. No posee patria, familia… e incluso madre. Les reconocerás por portar una llave colgada al cuello. La ausencia de identidad les mantiene en tensión sostenida para adquirirla, por ello aprovechamos su tesón por la autosuperación y , eso sin necesidad de azuzarles figuras paternales o de jefatura.

Ni padres ni madres. En un futuro breve los gestaremos en vientres artificiales. Si de entre ellos surgen débiles , incapaces de acceder a algún éxito, sobre todo profesional, serán los más idóneos narcisistas psicópatas. Si surge la más minima expresión de peligro sobre su endeble sistema de creencias, atacarán ferozmente, sin denuedo, con una agresividad no propia de un ser civilizado, a pesar de que lo parezcan. Quienes piensen o vivan diferente a ellos sufrirán las consecuencias de su odio visceral. No tendremos que hacer nada por controlar a los disidentes de nuestro sistema: una jauría de narcisistas fracasados se lanzarán en las redes sociales, en principio. En algunos casos no será de extrañar que acaben en primera página de sucesos.

Y en Medicina, querido Salvador – me dijo- , los narcisos llevan mal no controlar los aspectos relacionados con la salud y la enfermedad. Por mucho que se esfuerce el médico en explicarle y quieras ganarles su confianza, eso será misión imposible. La insuflación de su ego no aceptará que el rendimiento físico o mental se cuestione. El médico, en vez de convertirse en aliado, se convertirá en el chivo expiatorio de sus males, mientras sitúan en un lugar a salvo la entelequia de las diosa Ciencia. En la mayoría de los casos, el narciso sabrá del diagnóstico y el tratamiento de su enfermedad. El médico no será más que su herramienta de fácil uso si no rehusa a obedeceder las peticiones quiméricas del narciso. En última instancia, sucedan o no errores debidos al defecto de vínculo terapéutico, la Ciencia siempre, y digo siempre, estimado Salvador, será la salvadora y no tú, querido amigo.

Y ahora, mi galeno, hemos llegado al punto final – El Gran Narcis se tornaba como mínimo inquietante, dada su tendencia a hilar con metáforas-. el Estado quedará para proteger de la incertidumbre a esos espíritus sin tierra, sin madre ni padre, desconocedores de una identidad que les hubiera conminado a apreciar un objeto de amor. Te aseguro que no sabrán identificar el género de sus amantes. Sólo descansarán con un ligero apaciguamiento que dia tras dia se transformará en algo atroz: el deleite del rostro reflejado en las aguas del lago, hasta que un mal dia les devuelva un rostro deformado y viejo. Y no podrán ver sus ojos. Hasta mañana, Salvador. Oh galeno, mi Salvador.

2 comentarios sobre “El jardín neoliberal de narcisos

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  1. El Gran Narcis se asemeja a la figura de los titanes que aplican las tecnologías de poder para producir subjetividades «narcis», útiles y funcionales, fieles reproductoras del orden establecido. Mas lo verdaderamente amenazador no es el dominio mundial de los titanes que clausura cualquier movimiento o fluir de lo real, cosificándolo y planificándolo en aras de una futura explotación, sino que lo más funesto es la reducción del ser humano a un simple mecanismo con posibilidad de ser construido tal y como se lo necesite, por tanto, incapaz de cuestionarse las representaciones que aparecen ante sus ojos.
    Sin embargo, el existente ya sabe de sí, de su errancia, de su desazón, de su vacío, de su angustia y de su libertad más originaria, que no es otra que la su poder-ser.
    Mi más profundo agradecimiento al galeno emboscado por compartir estas enriquecedoras memorias, las cuales me ayudan a guardar una reflexión más serena sobre las cosas.

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